viernes, 4 de junio de 2010

Conexiones neuronales y química orgánica

Va a resultar que soy TDA. Podría significar Titulada Diplomada en Aviónica, pero no: las siglas corresponden a Trastorno por Déficit de Atención, que es como llaman ahora a los que no nos concentramos ni queriendo, y siempre andamos de acá para allá como gallinas decapitadas haciendo cuatro cosas a la vez. Parece que se debe a una mala conexión de las neuronas, por falta o mala asimilación de no sé qué proteína. Vamos, que mi cerebelo da más chispazos que un contador de Cañada Real. Mira tú que yo siempre pensé que era multitarea, y que era capaz de pensar varias cosas al mismo tiempo, pero lo que resulta es que no me centro, no me centro.



Como últimamente ando doméstica perdida, ahora mis multitareas son del orden de: voy a poner la lavadora, empiezo a meter ropa del cesto, y recuerdo que en la habitación de los niños probablemente haya calcetines y calzoncillos sucios tirados; voy a buscarlos, y entonces descubro que también se han dejado un bollo del desayuno y 14 papeles esparramados; me pongo a recoger papelotes, y entonces me doy cuenta de que la cajonera de su escritorio no cierra de la mierda que tiene, así que comienzo a hacer limpieza de trastos. La lavadora sigue, mientras tanto, con su puerta abierta esperando unos calzoncillos. Cuando termino con los cajones, veo el bollo reseco y me dirijo a la cocina para tirarlo, y pienso que habrá que echar un vistazo a la nevera para ver qué se come hoy en casa: decido descongelar una sepia para guisarla, pero cuando estoy en ello, decido que me vendría bien un cafelito. Saco la sepia del microondas para meter la taza, y entretanto, suena el teléfono. Media hora de charla con mi hermana para comentar las últimas jugadas de la boda de mi sobrina. No me he tomado el café. Vuelvo a la cocina, y veo la lavadora con su ojo negro mirándome, expectante. Corro a por la ropa sucia que me faltaba, que ahora no sé dónde he dejado: me recorro toda la casa, hasta miro en la papelera, ¡bingo! Tiré los calzoncillos junto con los papelotes. Ya son las doce de la mañana. Consigo poner en marcha la lavadora. ¡Anda! Si no me he tomado el café, me recuerda mi estómago con un rugido. Cuando lo saco del microondas, después de buscar durante diez minutos la taza, está frío de nuevo: tercer calentón, sabe a rayos. Y además descubro que la sepia sigue ahí, sobre la encimera, con la misma consistencia pétrea porque no la llegué a descongelar. Pues tardan como 20 minutos… no me va a dar tiempo a cocinarlos, tender la lavadora, hacer las camas y de paso mirar el correo… Plan B: hoy comemos una lata de callos y un tetrabrik de sopa. Me enzarzo en una conversación virtual en el ordenador. Son las dos. La lavadora hace rato que terminó, tengo que tender, y cuando llega mi santo, me pilla abriendo las latas para comer…


No os riáis, que esto es un ejemplo bastante aproximado a la realidad. Y lo peor de todo es que esto se hereda, como el color de ojos: resulta que mi hijo mayor también tiene la desconexión neuronal que ocasiona esta dispersión mental. Le han recetado un medicamento –una metanfetamina- que favorece la concentración, por lo menos para que en los estudios no pase las de Caín. Yo pensaba, medio orgullosa, que mi hijo era tan creativo como su mamá. Ahora sólo espero que no se me haga adicto.


Todo esto me demuestra que somos pura química: ni educación, ni hábitos ni leches. Si tu metabolismo tiene todos los ingredientes en las proporciones adecuadas, serás un tipo perfecto: pero como esto no es así -por lo menos hasta que la ciencia consiga descubrir y compensar todas las necesidades y carencias de hierro, omega 6, lactobacilus y demás-, uno es depresivo, hiperactivo, gordo, flaco, agresivo, simpático, flatulento o listísimo según le funcione el laboratorio químico personal. Acabaremos todos empastillados, tiempo al tiempo.

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