miércoles, 25 de marzo de 2009

Olor a galletas

Estoy empleando mi tiempo de desempleada en recuperar mi infancia. No, no me hecho coletas, ni juego a las muñecas. Estoy escaneando diapositivas que hizo mi padre cuando éramos pequeños, y estoy disfrutando como eso, como una enana.
Qué cierto es que una imagen vale más que mil palabras. Además, tienen la capacidad de devolverte olores, sabores, sonidos, mil sensaciones. Veo una foto de cuando tenía tres o cuatro años, en el salón de la casa de Embajadores, y me viene a la boca regustillo a galletas María con mantequilla. Pero mantequilla de la de verdad, no la de ahora. Y huelo la ropa limpia, humeante, mientras mi madre planchaba y yo merendaba sentada a sus pies. Hasta siento el frío que traspasan las baldosas del suelo a mi trasero.
Qué vericuetos extraños tiene el cerebro, cómo es posible recuperar esas sensaciones, qué máquina más perfecta. Y encima, conectada con el corazón, o donde sea que residen las emociones, porque se te pone como un nudo en la garganta y una sensación de abismo en el estómago. Tenías toda la vida por delante y no te dabas cuenta. Y aquí estás ahora.
También es una forma de recuperar historias olvidadas, la primera tele que entró en casa, allá a mediados de los sesenta, deduzco de la estatura de mis hermanos mirándola arrobados, esa pantalla en blanco y negro, un aparato lleno de botones –mis hijos preguntaron para qué servían al verlos, hoy están en el mando a distancia, por supuesto­-. Todavía me acuerdo de cuando había carta de ajuste, y a eso de las doce se acababan las emisiones de la Primera y el VHF y sonaba el himno de España.
El Seiscientos de papá, que a juzgar por lo mucho que aparece en las fotos, siempre de fondo, debía ser el bien más preciado de la familia. No me hago una idea de cómo podíamos irnos todos los veranos hasta Cádiz, 700 kilómetros los cinco metidos en el coche, con todos los achiperres de la playa. Si ahora en cuanto tienes un hijo te compras un monovolúmen… Pero me viene a la cabeza una imagen: el pelotilla verde parado en el arcén de una recta interminable, con un sol de justicia, y yo vomitando. Supongo que íbamos a Jerez. Y cienes de domingos con la tortilla de patata y el filete empanado, lo huelo, como el pegajoso olor a jara.
Hay una foto que creo que recuerdo cuándo me hicieron, y eso que no debo tener más de tres años: estoy alucinando con una lagartija que sujeto por el rabo.
Qué gozosa, otra foto de una mañana de Reyes: tengo una cara de felicidad que es impagable, y además sale mi oso favorito, con el que dormí por lo menos hasta los 12 años, menudo disgusto me llevé el día que mi madre lo tiró a la basura. No lo recordaba yo tan naranja, debe ser que con los lavados durante años perdió color… También me acuerdo perfectamente de un cuento de Peter Pan, y de unas tacitas de plástico. Seguro que mis hijos ni se acuerdan ya de los cienes de juguetes que les echan los Reyes Magos, qué exceso de consumismo tenemos.
No sé si todo tiempo pasado fue mejor. Quizá es que lo vivíamos como niños, sin angustias ni preocupaciones, por eso los recuerdos huelen tan bien.

miércoles, 11 de marzo de 2009

La ITV y la lavadora

Ayer pasé la reválida de conductora. Yo solita, llevé mi cochecito a pasar la ITV. Iba con cierto miedo, lo reconozco, porque tratándose de mecánica, para qué voy a negar que estoy pez. Yo, de coches, sé lo justito: volante, caja de cambios, acelerador-freno-embrague, hago uso de los intermitentes y de los espejos (me pinto en los semáforos y los uso para ver si alguien me amenaza por detrás), y echo gasolina cuando la lucecita me lo indica. También lleno de agua a menudo el depósito de los limpiacristales -única cosa de debajo del capó que identifico-, que me pone negra llevarlos llenos de polvo. Algo entiendo también de la relación caballos de vapor/reprís del coche, bonito palabro aprendido de mi padre. He comprobado que como mi Atos tiene 50 caballos, no puedo adelantar en cuesta arriba ni a la fregoneta del melonero, y que si quiero superar los 90 kilómetros por hora en verano, no puedo poner el aire acondicionado. Desconozco la presión idónea de los neumáticos, sólo me preocupo cuando los veo con la consistencia de las ruedas de mi BH.
Así que pasar la ITV es para mí, que soy de letras puras, como presentarme a un examen de Teleco. Pero lo conseguí. Aunque no sin sobresalto. Primero, cuando vi el foso ese donde te miran los bajos (del coche, espero), no pude evitar acordarme del vídeo que os he colgado aquí. Semejante ridículo no podía ocurrirme a mi, así que me sudaban las manos enfilando el caminito dichoso. Lo peor vino a continuación: después de seguir escrupulosamente las instrucciones del maromo de la ITV, y darle meneos al volante cual Sor Citroen en una toma falsa (difícil con las manos sudadas), me dice el susodicho que me baje un momentito. “Ya está, no paso la inspección. Lo mismo esto es por haber puesto el freno de mano ¿o tenía que ponerlo?”. Pero no. El chico me enseñó un tornillo que sobresalía, incrustado en la rueda trasera. “Ten cuidado, cámbiala no sea que tengas un reventón”.
Agradecí sobremanera el consejo, y asentí convencida. Por mis adentros me preguntaba, ¿y dónde rayos tenía este coche la rueda de repuesto? Es más, ¿tiene de eso? A más, una vez descubierta la ruedita –mi Atos lleva neumáticos de triciclo, en eso sí me he fijado- ¿Qué piensa este chico que haga con ella? ¿El gato es un mito, o tengo uno? Si llamo a la Mutua, ¿se partirán de la risa si les digo que manden una grúa a 50 kilómetros de Madrid para cambiarme una rueda? Resultado: me volví a casa con más miedo que vergüenza, pegadita a la derecha desde Villalba, sin sobrepasar los 90 kilómetros y sin radio para escuchar el reventón amenazante. Ya haría lo preciso mi marido, que para algo se casó una.
Y ahora, queridos chicos, no os riáis. Sí, las chicas no tenemos ni puñetera idea de mecánica. Ni falta que hace. ¿A que vosotros no tenéis ni zorra de cómo funciona la lavadora? ¿Sabéis dónde se echa el detergente, el suavizante, el quitamanchas? ¿Os preguntáis alguna vez si no habría que separar la ropa blanca de esa camiseta rojo pasión antes de meterla en el tambor? ¿Alguno me puede decir a qué temperatura se lava el algodón? ¿Si la ropa delicada se centrifuga a 600 r.p.m. o a 1.200?
Pos eso.

lunes, 2 de marzo de 2009

Mi basura es mía


Mi basura es mía. Para eso la he pagado. Desde las mondas de patata hasta los vasitos de yogur. Y me niego a que nadie revuelva en ella, forma parte de mi ser más íntimo. A nadie le importa si dejo restos de jamón ibérico 5 Jotas o del barato del Día, si estoy con la regla, si anoche tuve orgía y gasté una caja de Durex o si mi hijo consume natillas por docenas. Y si la intención es, encima, cascarme una multa de hasta 750 euros por no depositar mis desperdicios en el cubo adecuado, además de un atentado contra mi intimidad es un robo a mano armada.
Ya me estoy imaginando el susto que te puedes llevar cuando, en la oscuridad de la noche bajes apresurado, en pantuflas y chándal, a tirar la basura, y te salga de detrás de los cubos un basurero-vigilante a exigirte que abras tus bolsas. Porque eso dice la nueva ordenanza de Medio Ambiente, obra de la vidriosa Ana Botella, que acaba de aprobar nuestro querido ayuntamiento. Si reciclas mal, multazo al canto. Y para que no pongas excusas de que algún indigente necesitado o amante del reciclado artístico–que yo conozco unos cuantos- se ha dedicado revolver lo que tú pacientemente has clasificado, también habrá multa para quien revuelva, sin permiso, en los cubos. A saber qué pasará con los gatos callejeros, suerte que tienen de ser insolventes.
Así que los basureros se van a dedicar a partir de ahora a vigilar si tiras una bolsa de orgánico en el cubo amarillo, o en la de los plásticos resuena cristalino un bote de vidrio. Ya me los imagino mientras husmean en las bolsas para poner cruces a diestro y siniestro: que aparece un tetrabrik de leche en el cubo naranja, crucecita roja. Que entre las latas de conservas se te ha escapado una sardina, crucecita roja. Que tu hijo ha colado una bola de papel al cubo de lo inorgánico, crucecita roja. Tres crucecitas igual a 750 pavos para las arcas municipales. Chachi.
Qué buena idea y qué lucrativa. Es digna del exconsejero Alberto López Viejo, en estos días escondido bajo las piedras por su tufillo a corrupto. Ya se le ocurrió en sus tiempos de concejal de Limpieza otra idea brillante y lucrativa para su bolsillo, la del Selur (Servicio de Limpieza Urgente, que lo sepas), ese batallón de barrenderos vestidos de fosforito, con camiones atómicos y material de limpieza de última generación que suele ir en pos de manifestaciones, cabalgatas y demás sucesos que ensucian mucho.
Pero aparte de su inequívoco afán recaudatorio, la norma va a generar tensiones vecinales, porque si el cubo investigado es de una comunidad, la multa se la cascan a todos. Me veo a la del quinto mirando de reojillo mi basura cuando coincida con ella en el ascensor, preguntando aviesamente si no habrá algo orgánico en esa bolsa amarilla…
Porque también me pregunto hasta qué punto hay que ser escrupuloso para no caer en la multa: si en la lata que tiras al contenedor amarillo se te han quedado unas migas de atún, ¿tenías que limpiarlas hasta sacarle brillo a la lata? Si descubro una bolsa de lechuga pocha en mi nevera, tengo que abrirla, vaciarla y repartir los restos convenientemente, o la puedo tirar tal cual?
Lo peor es que, encima, también se han sacado de la manga una tasa anual de basuras que pagaremos todos los madrileños, y que ronda los 60 euros, ingresos que no servirán para reforzar la plantilla de Limpieza, seguro, lo mismo que lo recaudado por multas. Con el agujero económico que tiene el Ayuntamiento de Madrid, más bien se trata de sanear las cuentas generales. Eso sí que son activos tóxicos.